Esfuérzate… acumula recompensas, no pérdidas

El propósito de hoy es motivar y desafiarle a invertir sabiamente sus recursos, talentos y energías en lo que resta de su vida.

Que atienda en obediencia de manera que en la eternidad coseche los beneficios que la Palabra de Dios promete a quienes sirven a Nuestro Señor con fidelidad.

El estilo de vida de un creyente debe ser muy diferente al estilo de vida de incrédulo. ¿En qué debe ser diferente?

  • La palabra de Dios es muy clara al enseñar que la salvación no es por buenas obras, sino para buenas obras. Por el hecho de ser salvo, el creyente debe hacer buenas obras. Efesios 2:10 dice “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”
  • En el pasaje bíblico que nos corresponde estudiar el día de hoy, en el libro de Romanos, Pablo proporciona algunos principios que los creyentes debemos poner en práctica en nuestro diario vivir.
    • La observancia de estos principios bíblicos es lo que hace la diferencia entre el estilo de vida de un creyente y el estilo de vida de un incrédulo.
  • En Romanos 12:9-21, Pablo nos presenta una lista de
    • los deberes personales,
    • los deberes familiares,
    • los deberes hacia los demás y
    • los deberes hacia quienes nos consideran sus enemigos.

Nuestra culpa ha sido expiada una vez y para siempre, nuestros pecados ya no son recordados. El acta de culpa, no ha sido simplemente puesta a un lado, ha sido destruida. ¡Eso es perdón completo! Ya no hay nada ni nadie que pueda acusar a los que somos hijos redimidos de Dios. Por esa razón, en lo que concierne a esto ya no necesitamos comparecer ante un tribunal:

  • “El que en él cree, no es condenado…” (Jn. 3:18).
  • “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados… Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (He. 10:14,17)
  • “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús…” (nos dice 2 Co. 2:14)

Desarrollo

  • ¿De qué trata el tribunal de recompensas? ¿Cómo lo podemos imaginar? Por supuesto que toda comparación queda corta, pero quisiera compararlo con el otorgamiento de un Oscar.
    • Los que han sido invitados para esa ocasión, no son personas menospreciadas o insultadas, sino que pueden participar de una gran fiesta como huéspedes escogidos y privilegiados.
    • Y muchos de ellos son elogiados, y condecorados con un Oscar. Reciben ramos de flores, besos en la mejilla, uno después del otro. Pero no todos reciben un premio. Por supuesto, algunos pueden estar desilusionados por no haber recibido un Oscar mientras que otros sí lo hicieron.
    • Pero, en realidad, incluso aquel que solamente puede disfrutar del buffet, se alegra de la invitación. ¡Estar allí es lo más importante! En definitiva es algo lindo para todos, aun cuando haya diferentes premios y condecoraciones.

Segunda Corintios 5:10 dice que“cada uno recibe según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.”De modo que se trata de nuestras obras y, entonces, surge la pregunta:

  • ¿Cómo hemos administrado los dones que nos han sido confiados?
  • ¿Qué frutos hemos cosechado como siervos de Dios, o qué semilla hemos sembrado?

Esas cosas serán reveladas en el tribunal de recompensas, y según eso recibiremos nuestro galardón.
El cristiano es llamado a dar fruto, y a no contentarse solamente con su propia salvación, sino a servir al Señor con buenas obras y a causarle gozo a Él. Ésa es nuestra tarea:“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”(como nos dice Ef. 2:10).

  • ¿Pero qué son buenas obras? Son actos y palabras que contribuyen a que el nombre de Dios sea glorificado. Mt. 5:16 dice:“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.
  • ¿Lo hemos comprendido bien? Toda palabra que contribuye a este fin, y toda obra que aporta a que el nombre de Dios sea alabado y glorificado es una buena obra.

El criminal en la cruz no tuvo realmente la oportunidad de hacer el bien como hijo de Dios, pero ya su confesión, la cual leemos en Lucas 23:41: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo”, fue una buena obra, porque con ella el nombre del Señor Jesús fue glorificado. Si yo, como predicador por ejemplo, transmito la Palabra y al terminar el culto la congregación llega a la conclusión de que soy un orador fabuloso, entonces puedo estar seguro de que mi charla no fue una buena obra, ya que obviamente los he distraído de lo esencial en vez de señalarlo a Él. Pero si los oyentes llegan a la conclusión: “¡Tenemos un gran Dios, un maravilloso Salvador; glorificado sea el Señor Jesús!”, entonces el mensaje fue una buena obra.

¿Cuál es el objetivo de las obras que usted realiza? ¿Se trata de agradar a la gente, de quedar bien uno mismo, o se trata de magnificar el maravilloso nombre del Señor Jesús? Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de aportar a la gloria de nuestro grande y todopoderoso Dios con los dones que nos son confiados. Todo esto no se trata tanto de cuánto ha hecho cada uno, sino con qué dedicación y con qué fidelidad ha cumplido con su servicio.

“Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (nos dice 1 Co. 4:2). Dios ni siquiera espera de nosotros grandes hechos, heroicos y extraordinarios. Él espera nuestra sincera fidelidad – no más, pero tampoco menos. Una cosa debemos recordar con respecto a esto: El Señor conoce nuestro corazón, a Él no le podemos mentir en nada. ¡Con qué facilidad decimos: “Todo para el Señor, todo para la gloria de Dios”, mientras que nuestro corazón habla un lenguaje diferente!

En el tribunal de recompensas, entonces, no se evaluará nuestro logro como actor, sino nuestra sincera fidelidad. Todo lo que un cristiano posee en la vida son dádivas recibidas de Dios. Y cuanto más nos ha sido confiado, de tanto más tendremos que rendir cuentas.

La medida para determinarlo no es cuánto nos hemos hecho querer por la gente con nuestros dones, cuánto ellos nos aprecian, elogian, palmean el hombro, sino si hemos puestos nuestros dones a disposición del Señor con corazones sinceros.

¿Tiene usted el don del hablar? ¡Entonces no vaya dar una charla cómica, de entretenimiento, que haga que todos en la sala se doblen de la risa, sino proclame al Señor Jesucristo resucitado! ¿Tiene usted el don de escribir? ¡Entonces, por favor, no escriba largos ensayos filosóficos – que de todos modos no sirven de nada -, sino escriba para el Señor! ¿Tiene usted el don de dar? Entonces no tire su dinero en una máquina o en pozos de la suerte, ¡sino delo para el Señor! ¿Tiene usted el don de servir? Entonces no sirva en organizaciones mundanas – “Dejen que los muertos entierren a sus muertos” -, sino sirva al Señor.

¿Tiene usted manos rápidas y diestras? ¡Entonces no construya una casa sobre la arena, sino sobre la roca que se llama Jesucristo! Seguramente, no existe ninguna iglesia ni obra misionera que no se alegre y agradezca por toda ayuda que se le pueda brindar, sea en la forma que sea. Entre nosotros, los cristianos, hay muchas capacidades que están enterradas, sin ser aprovechadas, porque nos hemos vuelto apáticos y, a veces, ya no tenemos ánimo para servir.


Vayamos a lo primero, los deberes personales.

Romanos 12:9 dice: “El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno.”
El amor es la virtud por excelencia en todo genuino creyente. Amor no sólo tiene que ver con las emociones, sino más bien con la voluntad. Bien se ha descrito al amor como la acción de sacrificio en beneficio de la persona amada. Esta es la razón por la cual la Biblia ordena al creyente que ame. 1 Juan 4:7-8 dice: “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”

Dios nos ha amado para que nosotros amemos a otros. Este amor debe ser sin fingimiento.
La palabra fingimiento, es la traducción de una palabra griega que está relacionada con la palabra “hipócrita” que a su vez es la traducción de una palabra griega que denota primariamente una actuación en un escenario, en relación con la actuación de los actores en el teatro griego o romano.

Era costumbre entre los actores griegos y romanos hablar fingiendo la voz detrás de grandes máscaras, para ocultar la verdadera identidad del actor. De ahí, este término vino a usarse para denotar a un engañador o un hipócrita. Es decir que el amor que manifiesta un creyente, debe ser sin hipocresía. El creyente no debe amar por interés. Cuando el misionero explorador Federico Arnot iba por una senda a través de la alta hierba con un grupo de africanos que habían recibido a Cristo como Salvador, un león repentinamente atacó a uno de los jóvenes. Arnot empujó al joven a un lado y lo cubrió con su propio cuerpo. El animal puso sus garras encima del misionero, pero por alguna razón inexplicable, no lastimó al siervo de Dios y más bien se alejó sin hacer mal a nadie. Cuando el jefe de la tribu oyó acerca de este incidente dijo: Yo voy a cualquier parte con un hombre blanco que pone su cuerpo entre un león y su amigo africano. Este es el tipo de amor que debe manifestar el creyente. Es un amor sin hipocresía. Muy bien. Además de amar sin fingimiento, el creyente debe aborrecer lo malo y seguir lo bueno. Lo malo, por el contexto, parece indicar actitudes y acciones contrarias al amor. Lo bueno por contraste parece que tiene que ver con toda manifestación de este amor sobrenatural.

En segundo lugar, tenemos los deberes familiares. Romanos 12:10-13 dice: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.” Como se mencionó anteriormente, los creyentes tenemos la obligación de amarnos los unos a los otros. Este amor debe ser de tal magnitud que es comparable al amor que tenemos hacia los miembros más cercanos de nuestra familia. Esto es lo que significa amor fraternal. El amor de un creyente hacia otros creyentes debe ser con amor fraternal. Si usted es creyente, piense este momento en algún hermano o hermana de su iglesia, que no sea pariente suyo. Mi pregunta es: ¿Le ama con amor fraternal? En otras palabras, ¿Le ama como si fuera su propio padre o su propia madre, o su propio hermano, o su propia hermana? Pues así debería amar. Eso es lo que demanda Dios de los creyentes en su palabra, la Biblia. Este amor se manifiesta de diversas maneras. Pablo se encarga de mostrarnos en detalle.

  • En primer lugar, en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.

    No hay lugar a dudas en cuanto a que la vida cristiana es una vida sobrenatural. Digo esto porque lo natural al ser humano es hacer todo lo que se pueda para ser el primero. Si no me cree, la próxima vez que esté en la fila por alguna situación, mire con cuidado cuántos son los que pugnan por colarse a los primeros lugares para ser atendidos más pronto. Tal vez usted mismo lo ha hecho alguna vez. La humana naturaleza nos susurra constantemente al oído: Tú eres el primero, tú eres lo más importante, tú mereces lo mejor. Pero el amor fraternal que debemos tener los unos para con los otros debe impulsarnos a actuar en contra de las inclinaciones naturales. Pablo dice: En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.
  • En segundo lugar, el amor fraternal se manifiesta por medio de diligencia en el servicio a otros.

    En lo que requiere diligencia, no perezosos, dice Pablo. La pereza no es propiedad privada de los adolescentes y jóvenes. Los adultos también podemos padecer de este mal, especialmente cuando tenemos que servir al prójimo. Pero el consejo de Pablo es que pongamos pasión y energía en el servicio a los demás. Esto tiene relación directa con otra de las maneras de mostrar amor fraternal.
  • En tercer lugar, dice el texto: Fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.

    Cuando Pablo habla de ser fervientes en espíritu, no está haciendo alusión al Espíritu Santo sino a la actitud de entrega al servicio. Interesante que el servicio a otros es sinónimo de servicio al Señor. Cada vez que servimos a otro creyente, es como si estuviéramos sirviendo al mismo Señor Jesucristo, de manera que más vale que lo hagamos de corazón y con fervor.
  • Después en cuarto lugar, Pablo nos presenta un trío de manifestaciones del amor fraternal. Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación, constantes en la oración.

    Sin importar cuáles sean las circunstancias en las que estemos, podemos y debemos gozarnos en la esperanza que tenemos, la esperanza de que un día estaremos cara a cara con el Señor, cuando nuestros cuerpos sean totalmente redimidos y disfrutemos de la gloria eterna. Además debemos ser sufridos en la tribulación. La tribulación no es ajena a la experiencia cristiana. En el mundo tendréis aflicción advirtió el Señor Jesucristo. En ocasiones las mismas personas a quienes estamos tratando de amar son la fuente de la tribulación. Ser sufridos en la tribulación significa una capacidad para soportar las tribulaciones. Cuando los que tenemos cerca nos hacen padecer aflicción, no permitamos que nuestra fe flaquee o que nuestra confianza en Dios disminuya. Recordemos que el consejo de la palabra de Dios es que debemos soportar la tribulación. También debemos ser constantes en la oración. A veces no podemos hacer mucho para ayudar a alguien que conocemos, pero algo que siempre podemos hacer es orar por esa persona. La oración eficaz del justo puede mucho, declara la palabra de Dios.
  • En quinto lugar, el amor fraternal se manifiesta por medio de compartir los bienes materiales con los que tienen necesidad. Pablo dice: Compartiendo para las necesidades de los santos. El dar a los necesitados es una muestra de la presencia del amor de Dios en el corazón de una persona. Note lo que dice 1 Juan 3:17 “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”
  • En sexto y último lugar, el amor fraternal se manifiesta en la hospitalidad. Practicando la hospitalidad dice el texto. Bien se ha dicho que la hospitalidad es un arte perdido. La excusa para no hospedar a algún hermano que está de paso, casi siempre va por la falta de espacio en la casa o el apartamento. ¿No será más bien que nos resistimos a sufrir la incomodidad pasajera que implica tener a un extraño en la casa? Olvidamos que al recibir a un hermano en nuestra casa estamos recibiendo al mismo Señor Jesucristo.

Estas son las manifestaciones del amor fraternal que debemos tener entre creyentes. Que por la gracia de Dios nos esforcemos para manifestarlas en la práctica.