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1 / 5 – Al que no sea llevado en el rapto de la Iglesia, le irá muy feo
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2 / 5 – El que no cree sufrirá aquí y sufrirá mucho más allá en la tribulación
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3 / 5 – En verdad, ya no hay excusa, DIOS a todos les da oportunidad
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4 / 5 – Hay del que adore a la Bestia
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5 / 5 – Dígale a sus familiares y amigos «al menos que no adoren a la Bestia»
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Para el creyente, el rapto, que es su entrada al cielo, implicará descansar de todas las luchas y tormentos que le habrán sobrevenido por causa de su fe; lo que contrasta con lo que les espera a quienes rechazaron a Cristo JESÚS, quienes no conocerán un solo momento de descanso durante toda la eternidad
Esto debe llevarnos a hablar a toda persona cercana sobre el duro futuro eterno que espera a los no creyentes y llevarnos a que nos esforcemos por explicar ante ellos las maravillas de la gracia de Dios.

Introducción
El primer ángel: el anuncio del evangelio eterno (Ap 14:6-7)
El segundo ángel: el anuncio de la caída de Babilonia (Ap 14:8)
El tercer ángel: el anuncio de juicio contra los adoradores de la bestia
(Ap 14:9-11) «Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.»
Un tercer ángel aparece para anunciar una terrible condenación que sufrirán los adoradores de la bestia. Se trata de un juicio de una severidad inigualable y de un tormento interminable.
El pasaje que estamos estudiando está íntimamente ligado con los juicios que el profeta Jeremías anunció contra Babilonia en (Jer 51). Allí se anuncia que Babilonia había sido como copa de vino que había embriagado a toda la tierra (Jer 51:7) (Ap 14:8), pero finalmente, ella también bebería el juicio de Dios (Jer 51:56-57). Entonces su destrucción será total y definitiva (Jer 51:39-40). Pero junto a estos anuncios de juicio, el profeta hizo también una exhortación a los creyentes a salir de en medio de ella para no participar de su juicio (Jer 51:6). De hecho, el juicio de Babilonia implicaría necesariamente la vindicación del pueblo de Dios (Jer 51:10).
Por lo tanto, el propósito del anuncio del tercer ángel es doble. Por un lado, es una seria advertencia para aquellos que adoran a la bestia. Quizá muchos de ellos lo hagan por cobardía o por no ir contracorriente, pero ellos también deben conocer las graves consecuencias que sus actos tendrán. Y por otro lado, tiene la finalidad de motivar a los creyentes para que permanezcan fieles al Señor. Una vez más encontramos que sólo hay dos opciones; o se adora a Dios o se adora a la bestia. Y en ambos casos la decisión que se adopte tendrá consecuencias eternas.
Veamos los términos en los que se expresa este juicio.
1. «Beberán del vino de la ira de Dios»
Empezamos por notar que aquellos que adoran a la bestia y a su imagen, «beberán del vino de la ira de Dios que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira». Aquí se compara la ira de Dios con el vino puro, es decir, con el vino que no ha sido mezclado con agua. Y la idea es que la ira de Dios caerá sobre los adoradores de la bestia sin ningún tipo de piedad o misericordia (Sal 75:8) (Jer 25:15-16,28). La ardiente ira de Dios, contenida a través de los siglos, será finalmente desatada sobre la humanidad pecadora. Y en ese momento ya no habrá más esperanza ni consuelo para aquellos que se rebelaron contra Dios.
Con frecuencia escuchamos a algunos hombres indignados contra Dios diciendo en su ignorancia: «Si Dios existe, ¿por qué no hace justicia en este mundo?». No se dan cuenta de que lo único que detiene sus juicios es su misericordia, y muchos de ellos la rechazan de manera insolente. Creen que el día en que Dios juzgue este mundo ellos se librarán porque no son asesinos, violadores o ladrones. Pero la cuestión determinante no es esa, sino que ellos mismo no son adoradores de Dios, y por lo tanto, también están bajo su justo juicio. A todos ellos habría que recordarles las palabras del profeta Amós:
(Am 5:18-19) «¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz; como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra.»
Cuando los creyentes tienen en cuenta la gravedad del juicio de Dios, rápidamente se dan cuenta de que los sufrimientos ocasionados por no adorar a la bestia son insignificantes en comparación con aquellos que vendrán cuando la ira de Dios se manifieste en este mundo. Además, Babilonia y el reino de maldad que simboliza, no durará para siempre, sino que muy pronto será destruida. Esta es otra poderosa razón para no formar parte de ella.
2. «Serán atormentados con fuego y azufre»
A continuación, el ángel describe en qué consistirá el castigo para todo aquel que adore a la bestia: «y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero».
El juicio con «fuego y azufre» nos recuerda al que tuvo lugar en la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gn 19:28) (Lc 17:28-30). Pero nos habla también de la terrible agonía que sufrirán los adoradores de la bestia. Una pequeña cantidad de azufre en el aire hace que sea imposible respirar, y en contacto con la piel produce un dolor indescriptible. Si a esto le sumamos el fuego, podemos empezar a tener una idea del tormento que sufrirán los seguidores de la bestia.
Pero no sólo los no arrepentidos sufrirán este castigo, también la bestia, el falso profeta y Satanás serán arrojados finalmente en el lago de fuego que arde con azufre (Ap 19:20) (Ap 20:10). Allí será su fin.
El anuncio del tercer ángel choca frontalmente con la tendencia moderna de pensar en un Dios de amor que finalmente perdonará a todos los hombres aunque no se hayan arrepentido. Pero lo cierto es que la Biblia afirma una y otra vez que el pecado tiene consecuencias que seguirán al pecador más allá de la muerte si antes no se reconcilia con Dios.
Por otro lado, notamos también que este juicio será llevado a cabo «delante de los santos ángeles y del Cordero». Tal vez debamos pensar en los ángeles como los encargados de ejecutar el juicio bajo la supervisión del Señor Jesucristo. Pero en cualquier caso, su presencia allí indicará la santa aprobación divina de esta sentencia condenatoria.
En los pasajes anteriores vimos cómo los creyentes tendrán que sufrir la humillación pública y la oposición por causa de su fe, pero todos ellos serán vindicados cuando los pecadores rebeldes sean juzgados delante de tan noble tribunal. Y todos ellos serán conscientes de estar siendo observados en su angustia por los ángeles y también por el Cordero a quien menospreciaron y cuya sangre rechazaron como la única forma de limpieza y perdón para sus pecados.
3. «Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos»
Con esta expresión se refuerza el carácter eterno y continuo que sufrirán aquellos que no se arrepintieron ni aceptaron la gracia de Dios. Sin duda, lo más duro de su castigo será su duración eterna y que no habrá ninguna posibilidad de apelación. Por toda la eternidad no tendrán «reposo de día ni de noche». No podrán morir ni tampoco dormir. No habrá tregua para su tormento, sino una incesante agonía.
Ahora bien, la idea de un castigo eterno resulta tan repugnante para el hombre moderno, que muchos prefieren no pensar en ello, y otros, buscan la forma de quitarla de la Biblia. Por ejemplo, los llamados «Testigos de Jehová» han sustituido el infierno por la idea de la aniquilación final, donde el hombre deja de existir y también de sufrir.
Pero por mucho que nos empeñemos en lo contrario, la Biblia dice lo que dice. Y no sólo Apocalipsis insiste en esta idea; los profetas del Antiguo Testamento ya incidieron en ello (Is 66:24) (Dn 12:2), lo mismo que Juan el Bautista (Mt 3:12), y el apóstol Pablo (2 Ts 1:9). Sin embargo, fue el mismo Señor Jesucristo quien enseñó esta verdad con la mayor claridad. El se refirió al infierno como el «fuego eterno» (Mt 18:8) (Mt 25:41), y explicó que su fuego «no puede ser apagado» (Mr 9:43). También dijo que el tormento de los perdidos no tendría fin (Mt 25:46). Por lo tanto, aunque no nos guste, es lo que la Biblia enseña con claridad.
Esto nos debe llevar a ser más sensibles sobre el futuro eterno que espera a los no creyentes y a esforzarnos por exponer ante ellos las maravillas de la gracia de Dios.