EL LINDERO QUE NADIE VE

Volvamos al cerco del principio. El vecino que lo corrió en la noche no empezó con una pala. Empezó con una mirada que se quedó demasiado tiempo.

Dios puso el último mandamiento donde nadie lo ve, porque ahí es donde se decide todo lo demás. Y no nos dejó solos con esa ley. Nos dio a Cristo, que teniéndolo todo no se aferró a nada, y se hizo pobre para darnos su riqueza. Quien lo tiene a Él tiene suficiente.

¿Y usted? ¿Qué es eso que mira y piensa «eso debería ser mío»? La casa del vecino, el negocio de al lado, la vida que ve en el celular.

Dios puso un último lindero. No está en el terreno: está en el corazón. Y es el que más vida le puede dar.

Este domingo: «El lindero que nadie ve». Iglesia Bautista a Su encuentro. Le esperamos.

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El décimo mandamiento: «No codiciarás»

Tabla de versículos (Reina-Valera 1960)

1. El texto en sus dos versiones

El décimo mandamiento aparece dos veces, y las diferencias son significativas.

En Éxodo 20 17 la «casa» va primero, y el resto de la lista (mujer, siervo, criada, buey, asno) parece desglosar lo que la casa contiene. «Casa» (bayit) no significa solo la construcción. Significa todo el hogar como unidad de vida y trabajo. En este primer orden la mujer aparece dentro del conjunto doméstico.

En Deuteronomio 5 21 cambian tres cosas:

  • El orden. La mujer pasa al primer lugar y queda separada de los bienes. Muchos comentaristas ven aquí una elevación de su dignidad: ella no es parte del inventario.
  • El verbo. Para la mujer se mantiene jamad («codiciar»), pero para la casa y lo demás se usa hitavah («desear», «anhelar»).
  • La tierra. Se añade «su tierra» (sadeh, el campo). Esto tiene sentido porque Moisés habla a un pueblo a punto de recibir heredad en Canaán. Donde hay tierra repartida aparecen la tentación de codiciar el terreno del vecino y la de mover el lindero.

2. Las palabras

Jamad es la palabra central. No siempre es negativa. En Génesis 2 9 Dios mismo hace árboles «deliciosos a la vista» (misma raíz), y en Salmo 19 10 los juicios de Dios son «deseables» más que el oro. El deseo como capacidad viene de Dios. Lo que el mandamiento prohíbe es el deseo dirigido hacia lo que pertenece a otro.

En varios textos jamad aparece pegado a una acción:

  • Josué 7 21: Acán «vi… codicié y tomé».
  • Miqueas 2 2: «codician las heredades, y las roban».
  • Éxodo 34 24: Dios promete que «ninguno codiciará tu tierra» mientras los varones suben a las fiestas. Lo que preocupa ahí no es un pensamiento ajeno sino que alguien se aproveche y se apodere de la tierra.

De ahí sale uno de los debates principales, que veremos abajo.

Hitavah (de avah) es el anhelo interior, el apetito. Es la palabra de Números 11 4, el «vivo deseo» de carne en el desierto. El lugar donde enterraron a los que murieron se llamó Kibrot-hataava, «tumbas del deseo» (Números 11 34).

Epithymeo es el verbo de la traducción griega del Antiguo Testamento, «ouk epithymeseis». Es el que Pablo cita en Romanos 7 7 y el que Jesús usa en Mateo 5 28. Tampoco es negativo en sí: Jesús lo usa de sí mismo en Lucas 22 15, «¡Cuánto he deseado…!». Otra vez, el problema no es desear sino desear lo ajeno o desear de forma desordenada.

3. Lo que hace único al décimo mandamiento

Es el único que legisla directamente el interior. Los mandamientos seis al nueve prohíben actos visibles: matar, adulterar, robar, mentir en juicio. El décimo baja al lugar donde nacen esos actos. Ningún tribunal humano de Israel podía castigar a alguien por codiciar, porque solo Dios ve el corazón. Esto es clave: el Decálogo no es solo un código civil. Es la voz del Dios que escudriña el corazón.

Es la raíz de los otros mandamientos de la segunda tabla. La Escritura muestra el patrón una y otra vez: ver, codiciar, tomar.

  • Eva (Génesis 3 6): vio, era codiciable, tomó.
  • Acán (Josué 7 21): vi, codicié, tomé.
  • David (2 Samuel 11 2 y siguientes): vio a la mujer de su prójimo. Siguieron el adulterio, el engaño y el homicidio. Un solo acto de codicia rompió en cadena el séptimo, el noveno y el sexto mandamientos.
  • Acab (1 Reyes 21): codició la viña de Nabot. Siguieron testigos falsos, homicidio y despojo. La codicia rompió el noveno, el sexto y el octavo.

Santiago 4 1 al 2 lo resume: «Codiciáis, y no tenéis; matáis…».

Cierra el círculo con el primer mandamiento. El Decálogo abre con «no tendrás dioses ajenos» y cierra con «no codiciarás». Pablo une los extremos dos veces: la avaricia «es idolatría» (Colosenses 3 5) y el avaro «es idólatra» (Efesios 5 5). Lo que codicio ocupa el lugar de Dios en mi confianza. Así el décimo devuelve el Decálogo a su inicio: quien no tiene a Dios como su suficiencia buscará suficiencia en lo del prójimo.

4. El hilo a través de toda la Biblia

Edén. El primer pecado ya tiene la estructura del décimo mandamiento antes de que el mandamiento fuera escrito. Dios había dado todo el huerto. La serpiente puso la mirada en el único árbol que no era de ellos. La codicia siempre funciona así: hace invisible lo mucho que Dios dio y agranda lo poco que reservó.

El desierto. Números 11 muestra la codicia como descontento con la provisión de Dios: maná cada día y nostalgia de Egipto. Salmo 106 14 al 15 da el comentario más serio: «les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos». A veces el juicio de Dios es entregar lo que el corazón codicia. Pablo usa este episodio como advertencia directa a la iglesia en 1 Corintios 10 6.

La conquista y la tierra. Acán codicia lo consagrado, y todo el pueblo sufre la derrota en Hai. La codicia de uno afecta a la comunidad. Después aparece el tema de los linderos:

  • Deuteronomio 19 14: no reducirás los límites de tu prójimo.
  • Proverbios 22 28: «No traspases los linderos antiguos».

Mover la piedra del lindero era la forma concreta de robar tierra en Israel. El décimo mandamiento ataca el momento anterior, cuando la piedra todavía está en su lugar pero el corazón ya la movió.

La monarquía. David y Acab muestran que la codicia del poderoso es la más destructiva, porque tiene los medios para convertir el deseo en hecho. La respuesta de Nabot en 1 Reyes 21 3 es preciosa: la heredad de sus padres no estaba en venta, porque la tierra era de Dios y la había repartido Él.

Los profetas. La codicia se vuelve estructura social:

  • Isaías 5 8: «¡Ay de los que juntan casa a casa!».
  • Miqueas 2 2: codician, roban, oprimen.

Los profetas denuncian un sistema donde unos acaparan y otros pierden su heredad. Y la solución profética no es solo una ley mejor sino un corazón nuevo. Jeremías 31 33 promete escribir la ley en el corazón, exactamente donde opera el décimo mandamiento.

La sabiduría.

  • Eclesiastés 5 10: el que ama el dinero nunca se sacia. La codicia no tiene punto de llegada.
  • Salmo 73: el salmista confiesa su envidia por la prosperidad de los impíos (versículo 3). Sale de ella entrando al santuario, hasta poder decir «fuera de ti nada deseo en la tierra» (versículo 25).
  • Proverbios 4 23 da el principio de fondo: guardar el corazón, porque de él mana la vida.

Jesús.

  • Mateo 5 28 aplica el lenguaje del décimo mandamiento al séptimo: mirar para codiciar ya es adulterio en el corazón. Jesús no inventa una ley más exigente. Hace explícito lo que el décimo ya decía.
  • Marcos 7 21 al 22 pone las «avaricias» y la «envidia» en la lista de lo que sale del corazón.
  • Lucas 12 15, el texto puente hacia la parábola del rico insensato: la vida no consiste en la abundancia de bienes.
  • El joven rico (Marcos 10 19): Jesús cita la segunda tabla, pero en lugar de «no codiciarás» dice «no defraudes». Luego le pide vender todo. El joven creía haber cumplido «desde su juventud», pero el mandamiento que no mencionó en voz alta fue precisamente el que lo dejó expuesto.

Pablo.

  • Romanos 7 7 al 8 es el texto más importante del Nuevo Testamento sobre este mandamiento. Pablo, que en lo externo era «irreprensible» según la ley (Filipenses 3 6), descubrió su pecado precisamente con «no codiciarás». El décimo mandamiento es el que desarma la justicia propia: nadie puede decir que lo ha cumplido.
  • Romanos 13 9 lo incluye en la ley que el amor al prójimo resume.
  • 1 Timoteo 6 6 y 10 opone la piedad con contentamiento al amor al dinero.
  • Filipenses 4 11 al 13 muestra el contentamiento como algo aprendido. Vale notar que el versículo 13, «Todo lo puedo en Cristo», en su contexto habla de poder vivir con poco o con mucho. No es una promesa de conseguir lo que deseo, sino de poder vivir contento sin ello.

Hebreos, Santiago y Juan.

  • Hebreos 13 5 da el fundamento del contentamiento: «No te desampararé, ni te dejaré». La cura de la codicia no es tener más, sino la presencia de Dios.
  • Santiago 4 1 al 2 muestra la codicia como raíz de pleitos y violencia. Y añade algo fino: «no tenéis lo que deseáis, porque no pedís». La alternativa a codiciar es pedir a Dios.
  • 1 Juan 2 16 nombra «los deseos de los ojos», eco directo de Edén.

Cristo, el anti-Adán. Filipenses 2 6 dice que Cristo «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Adán quiso aferrarse a ser como Dios. Cristo, que era Dios, no se aferró. Y 2 Corintios 8 9: siendo rico, se hizo pobre. Jesús cumplió el décimo mandamiento de forma perfecta y en sentido inverso: en lugar de tomar lo ajeno, dio lo suyo.

5. Debates de interpretación

La numeración. Este debate es muy práctico para El Salvador.

  • La tradición católica y la luterana, siguiendo a Agustín, une los mandamientos primero y segundo (dioses ajenos e imágenes). Para completar diez, divide el décimo en dos: noveno «no consentirás pensamientos ni deseos impuros» y décimo «no codiciarás los bienes ajenos». La base es el orden de Deuteronomio, que separa a la mujer con un verbo propio.
  • La numeración reformada y bautista (que coincide con Filón, Josefo y buena parte de la iglesia antigua) mantiene las imágenes como segundo mandamiento y el décimo como uno solo.

Muchos en la congregación o en sus familias aprendieron el catecismo católico. Si alguien dice «el noveno es no desear la mujer del prójimo», no está inventando nada: es otra numeración. Vale la pena aclararlo con sencillez, sobre todo porque detrás está la cuestión de las imágenes.

¿Jamad es solo deseo interior o incluye la maquinación? El erudito alemán Albrecht Alt y otros sostuvieron que jamad incluye las maniobras para apoderarse de algo, no solo el sentimiento. Se basan en textos como Miqueas 2 2 y Éxodo 34 24. La tradición judía distingue los dos verbos:

  • Lo tajmod se viola cuando uno presiona o maniobra para obtener lo ajeno, aunque llegue a pagarlo. Maimónides lo trata así.
  • Lo titaveh es el deseo en el corazón.

La lectura cristiana histórica, apoyada en el uso de Jesús y Pablo, entiende que el mandamiento llega hasta el deseo mismo. La síntesis más sólida es que jamad designa un deseo que ya se inclina hacia la apropiación: el deseo que empieza a planear. Deuteronomio, al añadir hitavah, deja claro que incluso el anhelo interior está bajo el mandamiento.

¿Quién es el «yo» de Romanos 7? Hay tres lecturas principales:

  • Pablo hablando autobiográficamente.
  • Pablo hablando como Adán, por el eco del Edén: el pecado «tomando ocasión por el mandamiento» y engañando.
  • Pablo hablando como Israel recibiendo la ley en Sinaí.

Douglas Moo y otros discuten estas opciones. Para efectos del mensaje basta notar que, sea cual sea la lectura, el décimo mandamiento es el que revela el pecado interior.

Codicia, envidia y deseo legítimo. Tomás de Aquino distingue:

  • La envidia: tristeza por el bien ajeno. Quiere que el otro no tenga.
  • La avaricia: amor desordenado de poseer. Quiere tener.

Las dos caben en el décimo mandamiento. Y Agustín da el marco de fondo con su «orden del amor»: el pecado no es desear, sino amar las cosas en el lugar equivocado. Salmo 37 4 muestra el deseo bien ordenado: deleitarse en Dios primero.

6. Coherencia sistemática

  • Calvino, en la Institución, distingue entre la intención deliberada, que ya estaría prohibida por los otros mandamientos, y la codicia, esos deseos que «cosquillean» el corazón aun sin consentimiento pleno. Concluye que Dios exige un corazón tan lleno de amor al prójimo que ni siquiera esos movimientos encuentren lugar.
  • El Catecismo de Heidelberg (pregunta 113) dice que el décimo pide que ni el menor deseo contra cualquier mandamiento entre en el corazón.
  • El Catecismo Mayor de Westminster (preguntas 147 y 148) define el lado positivo: el mandamiento exige contentamiento con nuestra condición y prohíbe el descontento con nuestro estado y la tristeza por el bien del prójimo.
  • La Confesión Bautista de 1689 (capítulo 19) afirma que la ley moral sigue obligando al creyente, no como camino de justificación, sino como regla de vida.
  • A. W. Pink y la tradición puritana usan el décimo como prueba principal de la espiritualidad de la ley: es el mandamiento que muestra que la ley alcanza el corazón. El puritano Jeremiah Burroughs escribió un tratado clásico sobre el contentamiento cristiano como «joya rara».
  • Thomas Chalmers predicó el famoso sermón «El poder expulsivo de un nuevo afecto». Su tesis es que un deseo desordenado no se vence solo reprimiéndolo, sino desplazándolo con un amor mayor. Encaja con Salmo 73 25 y Hebreos 13 5.

Juntando todo:

  1. La ley es una unidad. El décimo mandamiento une las dos tablas: lo que va contra Dios (idolatría) y lo que va contra el prójimo (deseo de lo suyo).
  2. El pecado nace en el corazón.
  3. La ley expone el pecado pero no lo cura (Romanos 7).
  4. La cura es el nuevo pacto, con la ley escrita en el corazón, y la presencia de Cristo como suficiencia. Él es el único que cumplió este mandamiento.

7. Conexión con «Linderos que te dan vida»

El décimo mandamiento es el lindero interior. Todos los demás linderos se pueden ver desde fuera; este se pone donde nadie lo ve. Es el único que protege al prójimo antes de que el prójimo corra ningún peligro, porque protege su casa, su matrimonio y su terreno en el corazón del vecino.

Y es un lindero que da vida: Kibrot-hataava muestra a dónde lleva la codicia sin freno, y Lucas 12 15 dice que la vida no está en la abundancia. Además, el mandamiento empalma con Mateo 5 (la radicalización) y con Mateo 22 (el amor como resumen). Por eso sirve de puerta natural hacia los dos últimos mensajes de la serie.

8. Primeras pistas de la realidad local

Las dejo solo anotadas, para no adelantar la homilética:

  • El mercado. Las vendedoras y vendedores ven todo el día lo que el puesto de al lado vende más.
  • Las remesas. La familia que construyó segunda planta porque tiene a alguien en Estados Unidos, y la comparación silenciosa que eso genera.
  • El teléfono. Las redes sociales funcionan como una vitrina de «la casa de tu prójimo» las veinticuatro horas.
  • Las promesas de dinero fácil. Las rifas, los esquemas y las deudas tienen raíz en este mandamiento.
  • El matrimonio. «La mujer de tu prójimo» sigue siendo una realidad pastoral dura.

¿Fue la codicia el pecado de Lucifer?

La respuesta corta

La Biblia, cuando nombra directamente el pecado del diablo, lo llama soberbia. En 1 Timoteo 3 6 Pablo advierte que el neófito no se envanezca y caiga «en la condenación del diablo». Esa es la base textual más firme, y por eso la tradición de Agustín, Tomás de Aquino y los reformadores coincide en que su pecado fue el orgullo.

Pero la pregunta es buena, porque la soberbia y la codicia son dos caras del mismo movimiento:

  • La soberbia es inflarse a sí mismo: «yo merezco más».
  • La codicia es poner la mirada en lo que es de otro: «eso debería ser mío».

En el caso de Satanás, lo que es «de otro» es la gloria de Dios. Isaías 42 8 dice que Dios no da su gloria a otro. Esa gloria es, por decirlo así, la «casa del prójimo» que nadie puede codiciar. Aquí ese «prójimo» no es un vecino, es Dios mismo.

Así que la síntesis sería: la raíz fue soberbia, y su forma fue codiciar el lugar de Dios.

Los textos y su debate

Isaías 14 12 al 14. El texto se dirige explícitamente al rey de Babilonia (versículo 4). Lo interesante para tu estudio es que la Reina-Valera 1960 traduce en ese mismo versículo «la ciudad codiciosa de oro». Hay que decir con honestidad que la palabra hebrea ahí es oscura y otras versiones traducen «la opresión» o «la furia». No conviene construir un argumento sobre esa palabra.

Lo que sí es claro es el corazón del rey: cinco veces dice «subiré», «levantaré», «me sentaré», «subiré», «seré semejante al Altísimo». Es codicia de trono.

Ezequiel 28 12 al 17. Va dirigido al rey de Tiro, pero el lenguaje desborda a un rey humano: «querubín protector», «en el santo monte de Dios», «en medio de las piedras de fuego», «perfecto desde el día que fuiste creado». Aquí aparecen dos causas juntas:

  • Versículo 16: «a causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad». Es comercio, ganancia, acumulación: el lenguaje de la codicia.
  • Versículo 17: «se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura». Es el lenguaje de la soberbia.

Ezequiel pone las dos lado a lado, y de los dos pasajes este es el que más apoya tu intuición.

El debate. Desde Orígenes y Tertuliano, muchos leyeron estos pasajes como descripción de la caída de Satanás. El nombre «Lucifer» viene de la traducción latina de «Lucero» en Isaías 14 12. Sin embargo:

  • Calvino rechazó expresamente esa lectura en su comentario de Isaías. Para él, aplicar el texto a Satanás es salirse del contexto. Lutero pensaba igual.
  • Muchos evangélicos contemporáneos, como Grudem, toman una posición intermedia. El texto habla primero del rey, pero el profeta describe la soberbia del rey con colores que reflejan la rebelión original detrás de todo poder que se exalta contra Dios. El rey humano actúa como eco o instrumento de esa rebelión.

Para predicar, lo prudente es no presentar Isaías 14 ni Ezequiel 28 como prueba directa e indiscutible, sino como textos que muchos ven reflejando ese trasfondo.

Donde la conexión con el décimo mandamiento sí es sólida

Más allá del debate sobre Isaías y Ezequiel, hay textos del Nuevo Testamento que unen a Satanás con el deseo desordenado sin ninguna discusión.

Juan 8 44. Jesús dice «los deseos de vuestro padre queréis hacer». La palabra griega es la misma familia de «no codiciarás» (epithymia). Jesús describe al diablo como alguien definido por sus deseos.

Génesis 3 5. Lo que la serpiente ofrece a Eva es exactamente lo que Isaías 14 pone en boca del caído: «seréis como Dios». El tentador sembró en el ser humano su propia ambición. Por eso el primer pecado humano tiene la forma del décimo mandamiento: ver, codiciar, tomar.

Mateo 4 8 al 9. En la tentación, el diablo revela qué es lo que quiere: «si postrado me adorares». Quiere la adoración que solo pertenece a Dios.

Judas 6. Los ángeles caídos «no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada». Esto conecta directamente con tu serie: no respetaron el lindero que Dios les había puesto. Codiciar es, en el fondo, no aceptar el lugar que Dios te asignó.

Filipenses 2 6. Aquí está el contraste más hermoso. Satanás, siendo criatura, quiso aferrarse a ser como Dios. Cristo, siendo Dios, «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Cristo invierte tanto la caída de Satanás como la de Adán.

Lo que diría Tomás de Aquino

Aquino lo analiza con precisión en la Suma Teológica (primera parte, cuestión 63). Dice que el diablo no quiso ser Dios por naturaleza, porque sabía que era imposible. Lo que quiso fue ser como Dios en un sentido: alcanzar su felicidad final por su propio poder, sin depender de la gracia.

Su pecado primero fue soberbia, y de ella nació la envidia hacia el ser humano. Aquí está el punto fino para tu estudio:

  • La soberbia lo hizo caer.
  • La envidia lo llevó a Edén, para que el hombre perdiera lo que él había perdido.

Esto encaja con la distinción que vimos antes: la avaricia quiere tener lo del otro, la envidia quiere que el otro no lo tenga.

Para el mensaje

Si decides usar este punto, la frase podría ser algo así: el primer lindero que se cruzó en la historia no fue en la tierra sino en el cielo, cuando una criatura codició el trono de su Creador. Todo pecado de codicia humana repite, en pequeño, ese movimiento: no aceptar el lugar y la porción que Dios me dio.

La advertencia pastoral es una sola: la base textual firme es 1 Timoteo 3 6, Juan 8 44, Génesis 3 y Judas 6. Isaías 14 y Ezequiel 28 conviene presentarlos como lo que muchos creyentes ven allí, no como lo que el texto dice sin discusión.

Conclusiones del estudio sobre el décimo mandamiento

Las conclusiones

Primera: el décimo es el mandamiento del corazón. Es el único de los diez que ningún juez humano puede castigar, porque solo Dios ve dónde ocurre la falta. Por eso es el mandamiento que demuestra que la ley de Dios es espiritual. Es también el que desarmó a Pablo: externamente era irreprensible, pero «no codiciarás» le mostró su pecado (Romanos 7 7).

Segunda: la codicia es la raíz de los pecados contra el prójimo. La Escritura repite el mismo patrón desde Edén: ver, codiciar, tomar. Lo hicieron Eva (Génesis 3 6), Acán (Josué 7 21), David con la mujer de Urías y Acab con la viña de Nabot. En cada caso la codicia terminó rompiendo otros mandamientos: adulterio, mentira, robo, homicidio. Santiago 4 1 al 2 lo resume: la violencia nace del deseo desordenado. Quien guarda el décimo mandamiento corta los otros pecados antes de que nazcan.

Tercera: la codicia es idolatría. El Decálogo abre con «no tendrás dioses ajenos» y cierra con «no codiciarás», y Pablo une los dos extremos (Colosenses 3 5). Lo que codicio ocupa el lugar de Dios en mi confianza: espero de eso la seguridad, la felicidad o el valor que solo Dios da.

Cuarta: Dios no prohíbe desear, sino desear lo ajeno o desear en desorden. El deseo es creación de Dios. El problema es amar las cosas en el lugar equivocado. El mandamiento no pide un corazón vacío sino un corazón ordenado, cuyo primer deleite es Dios (Salmo 37 4).

Quinta: la codicia es más antigua que el ser humano. La Biblia llama soberbia al pecado del diablo (1 Timoteo 3 6), pero esa soberbia tomó la forma de codiciar el lugar de Dios y de no guardar el lugar asignado (Judas 6). En Edén, la serpiente sembró en el hombre su propia ambición: «seréis como Dios». Toda codicia humana repite en pequeño ese primer movimiento: no aceptar la porción que Dios me dio. Hay que mantener una cautela: Isaías 14 y Ezequiel 28 son textos debatidos, así que conviene presentarlos como lo que muchos ven en ellos, no como prueba directa.

Sexta: la ley expone la codicia pero no la cura. «No codiciarás» revela el corazón, pero no lo cambia. La cura viene de dos lados:

  • El nuevo pacto, que escribe la ley en el corazón (Jeremías 31 33).
  • Un amor mayor que desplaza al deseo desordenado. El contentamiento bíblico no es resignación ni conformismo. Se aprende (Filipenses 4 11) y descansa en una promesa concreta: «No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13 5). Quien tiene a Dios no necesita la casa del prójimo.

Séptima: Cristo cumplió este mandamiento al revés de Adán y de Satanás. Satanás, siendo criatura, quiso aferrarse a ser como Dios. Adán quiso tomar lo que no era suyo. Cristo, siendo Dios, no se aferró a su igualdad con Dios (Filipenses 2 6) y, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos (2 Corintios 8 9). Donde todos tomaron, Él dio. Por eso el evangelio no solo prohíbe la codicia: ofrece la riqueza que la vuelve innecesaria.

Octava: para la serie, este es el lindero interior. Todos los demás linderos se ven. Este se pone donde nadie mira, y protege la casa, el matrimonio y el terreno del vecino antes de que corran peligro. Proverbios 22 28 prohíbe mover la piedra del lindero; el décimo mandamiento la cuida antes de que el corazón la mueva. Y es un lindero que da vida, porque la vida no consiste en la abundancia de los bienes (Lucas 12 15).

Idea central posible

La codicia mueve en el corazón el lindero que Dios puso; solo el que tiene a Dios como su porción puede vivir contento dentro de su lindero.

Dos cuidados para la predicación

El primero es la numeración. En la congregación muchos conocen la numeración católica, donde este mandamiento aparece dividido en noveno y décimo. Conviene explicarlo con sencillez y sin polémica.

El segundo es el tono. Por la realidad económica de la congregación, el mensaje no debe sonar a «conformarse con la pobreza». Los profetas condenaron sobre todo la codicia de los poderosos que acaparan (Isaías 5 8, Miqueas 2 2). El llamado es a la confianza en Dios, no a la pasividad ante la injusticia.

BOSQUEJO

Serie: Linderos que te dan vida (Los Mandamientos).

Texto base: Éxodo 20 17 y Deuteronomio 5 21.

Idea central: La codicia mueve en el corazón el lindero que Dios puso; solo quien tiene a Dios como su porción puede vivir contento dentro de su lindero.

Propósito: Que cada oyente reconozca dónde su corazón ya movió el cerco del prójimo, y aprenda a llenar ese vacío con Dios, pidiéndole en lugar de codiciar.

Introducción: «Le corrieron el cerco»

Todos conocemos la historia. Un día alguien amanece y descubre que el vecino le corrió el cerco. Fueron dos metros, quizá uno, en la noche, sin hacer ruido. Y comienza el pleito, el abogado, la enemistad que dura años.

La Biblia conoce ese pecado. En Israel la tierra se marcaba con piedras, y Dios dijo: «No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres» (Proverbios 22 28).

Pero hay una pregunta más profunda: ¿cuándo se movió ese cerco por primera vez? No fue en la noche con una pala. Fue antes, en el corazón, el día que aquel vecino miró el terreno ajeno y pensó: «eso debería ser mío».

Hasta ahora en esta serie hemos visto linderos que todos pueden ver: no matar, no adulterar, no robar, no mentir. Hoy llegamos al último mandamiento, y es diferente a todos. Es el lindero que nadie ve: el que Dios puso dentro del corazón.

Lectura: Éxodo 20 17.

I. Un lindero que se mueve primero en el corazón

1. Es el único mandamiento que ningún juez puede castigar. Ningún tribunal en Israel podía condenar a alguien por codiciar, porque solo Dios ve el corazón. Por eso este mandamiento demuestra que la ley de Dios no es solo para la conducta: llega hasta adentro. Pablo, que por fuera era irreprensible, descubrió su pecado precisamente aquí: «tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás» (Romanos 7 7).

2. La codicia siempre sigue el mismo camino: ver, codiciar, tomar.

  • Eva vio que el árbol era codiciable, y tomó (Génesis 3 6).
  • Acán lo dijo con sus propias palabras: «vi… codicié y tomé» (Josué 7 21).
  • David vio a la mujer de su prójimo, y terminó en adulterio, mentira y muerte.
  • Acab codició la viña de Nabot, y terminó en testigos falsos y asesinato. Nabot había respondido: «Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres» (1 Reyes 21 3).

La codicia no se queda en el corazón: tarde o temprano mueve la mano. Santiago lo dice claro: «Codiciáis, y no tenéis; matáis» (Santiago 4 2).

3. Por eso este mandamiento guarda a todos los demás. Quien cuida el cerco del corazón nunca llegará a correr el cerco del terreno. Los otros mandamientos detienen la mano; este detiene el deseo antes de que nazca la acción.

Nota para el predicador: muchos aprendieron el catecismo católico, donde este mandamiento aparece dividido en noveno («no desear la mujer del prójimo») y décimo («no codiciar los bienes ajenos»). Basta aclarar con sencillez que es otra forma de contar, y que en la Biblia aparece como un solo mandamiento al final de la lista.

II. Un lindero que protege el trono de Dios

1. La codicia es idolatría. Los diez mandamientos comienzan con «No tendrás dioses ajenos» y terminan con «No codiciarás». No es casualidad. Pablo une los dos extremos: «avaricia, que es idolatría» (Colosenses 3 5). Lo que codicio se vuelve mi dios, porque espero de eso la seguridad y la felicidad que solo Dios me puede dar.

2. La codicia es más antigua que el ser humano. La Biblia dice que el diablo cayó por soberbia (1 Timoteo 3 6). Los ángeles caídos «no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada» (Judas 6): no respetaron el lugar que Dios les había dado. Y en el huerto, la serpiente sembró en el ser humano esa misma ambición: «seréis como Dios» (Génesis 3 5). El primer cerco que se corrió en la historia no fue en la tierra sino en el cielo.

3. Conseguir lo codiciado puede ser un castigo. En el desierto Israel codició carne. «Y él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos» (Salmo 106 15). El lugar se llamó Kibrot-hataava, «tumbas de la codicia» (Números 11 34). Hay cosas que, si Dios nos las diera, nos destruirían.

Cuidado al predicar: Isaías 14 y Ezequiel 28 se usan mucho para hablar de la caída de Satanás, pero se dirigen primero a los reyes de Babilonia y de Tiro. Si se mencionan, presentarlos como lo que muchos creyentes ven en ellos, no como prueba directa.

III. Un lindero que solo se guarda con un corazón lleno

1. La ley muestra la codicia, pero no la quita. Nadie deja de codiciar solo por apretar los dientes. Por eso Dios prometió algo más: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón» (Jeremías 31 33). Lo que la piedra de Sinaí no pudo hacer, lo hace Dios por dentro.

2. Un corazón vacío siempre mira al vecino; un corazón lleno de Dios descansa. El salmista confesó que tuvo envidia de los que prosperaban (Salmo 73 3). Salió de esa envidia cuando entró a la presencia de Dios y pudo decir: «fuera de ti nada deseo en la tierra» (Salmo 73 25). La codicia no se vence quitando el deseo, sino llenándolo con alguien mayor.

3. El contentamiento se aprende, y descansa en una promesa. Pablo dijo: «he aprendido a contentarme» (Filipenses 4 11). Y cuando dijo «Todo lo puedo en Cristo» (Filipenses 4 13), hablaba de poder vivir con poco o con mucho, no de conseguir lo que deseo. Hebreos da la razón: «contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13 5). Quien tiene a Dios no necesita la casa del prójimo.

4. Cristo hizo lo contrario. Satanás, siendo criatura, quiso ser como Dios. Adán quiso tomar lo que no era suyo. Cristo, siendo Dios, «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse» (Filipenses 2 6). Y «siendo rico, se hizo pobre» para enriquecernos (2 Corintios 8 9). Donde todos tomaron, Él dio. Por eso en Cristo tenemos la riqueza que hace innecesaria la codicia.

Aplicación: ¿dónde se mueve hoy el cerco?

  • En el mercado. Ver que el puesto de al lado vende más, y desear que al otro le vaya mal. Eso ya no es solo codicia, es envidia.
  • En la colonia. La casa del vecino que ya construyó la segunda planta, el carro nuevo, la familia que recibe remesa. La comparación silenciosa que roba la paz.
  • En el teléfono. Las redes sociales son una vitrina de «la casa de tu prójimo» las veinticuatro horas.
  • En el dinero fácil. Las rifas, los esquemas que prometen ganancia rápida, las deudas para aparentar. Todas nacen del mismo deseo de tener ya lo que otro tiene.
  • En el matrimonio. «No codiciarás la mujer de tu prójimo» sigue siendo una advertencia viva. El adulterio comienza con una mirada que se queda (Mateo 5 28).

Un equilibrio necesario: contentarse no significa resignarse a la injusticia ni dejar de trabajar. Los profetas condenaron con fuerza a los poderosos que acaparan: «¡Ay de los que juntan casa a casa!» (Isaías 5 8). Dios no pide al pobre que deje de luchar; le pide que no ponga su confianza en lo que tiene el otro.

Pregunta para el oyente: ¿Qué es eso que miro y pienso «eso debería ser mío»? Ahí está el cerco que mi corazón ya está moviendo.

Conclusión: el cerco en su lugar

Volvamos al cerco del principio. El vecino que lo corrió en la noche no empezó con una pala. Empezó con una mirada que se quedó demasiado tiempo.

Dios puso el último mandamiento donde nadie lo ve, porque ahí es donde se decide todo lo demás. Y no nos dejó solos con esa ley. Nos dio a Cristo, que teniéndolo todo no se aferró a nada, y se hizo pobre para darnos su riqueza. Quien lo tiene a Él tiene suficiente.

Jesús lo dijo así: «la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12 15). Ese es el lindero que da vida.

Pregunta puente hacia «Plantado junto a aguas…»: Santiago dice: «Codiciáis, y no tenéis… porque no pedís» (Santiago 4 2). Si la codicia mira lo que tiene el vecino, la oración mira lo que tiene el Padre. Entonces, ¿qué cambiaría si cada vez que mi corazón empieza a codiciar, lo convierto en una petición a Dios?

Versículos del mensaje (Reina-Valera 1960)

CitaTexto
Génesis 3 5 al 6Sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.
Éxodo 20 17No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
Números 11 34Y llamó el nombre de aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí sepultaron al pueblo codicioso.
Deuteronomio 5 21No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
Josué 7 21Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
1 Reyes 21 3Y Nabot respondió a Acab: Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres.
Salmo 73 3Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.
Salmo 73 25¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
Salmo 106 14 al 15Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto; y tentaron a Dios en la soledad. Y él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos.
Proverbios 22 28No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres.
Isaías 5 8¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?
Jeremías 31 33Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
Mateo 5 28Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
Lucas 12 15Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
Romanos 7 7¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.
2 Corintios 8 9Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.
Filipenses 2 6El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse.
Filipenses 4 11 al 13No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Colosenses 3 5Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría.
1 Timoteo 3 6No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.
Hebreos 13 5Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.
Santiago 4 1 al 2¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.
Judas 6Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día.

Serie: Linderos que te dan vida (Los Mandamientos).

Texto base: Éxodo 20 17 y Deuteronomio 5 21.

Idea central: La codicia mueve en el corazón el lindero que Dios puso; solo quien tiene a Dios como su porción puede vivir contento dentro de su lindero.

Propósito: Que cada oyente reconozca dónde su corazón ya movió el cerco del prójimo, y aprenda a llenar ese vacío con Dios, pidiéndole en lugar de codiciar.

Todos conocemos la historia. Un día alguien amanece y descubre que el vecino le corrió el cerco. Fueron dos metros, quizá uno, en la noche, sin hacer ruido. Y comienza el pleito, el abogado, la enemistad que dura años.

La Biblia conoce ese pecado. En Israel la tierra se marcaba con piedras, y Dios dijo: «No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres» (Proverbios 22 28).

Pero hay una pregunta más profunda: ¿cuándo se movió ese cerco por primera vez? No fue en la noche con una pala. Fue antes, en el corazón, el día que aquel vecino miró el terreno ajeno y pensó: «eso debería ser mío».

Hasta ahora en esta serie hemos visto linderos que todos pueden ver: no matar, no adulterar, no robar, no mentir. Hoy llegamos al último mandamiento, y es diferente a todos. Es el lindero que nadie ve: el que Dios puso dentro del corazón.

Lectura: Éxodo 20 17.

1. Es el único mandamiento que ningún juez puede castigar. Ningún tribunal en Israel podía condenar a alguien por codiciar, porque solo Dios ve el corazón. Por eso este mandamiento demuestra que la ley de Dios no es solo para la conducta: llega hasta adentro. Pablo, que por fuera era irreprensible, descubrió su pecado precisamente aquí: «tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás» (Romanos 7 7).

2. La codicia siempre sigue el mismo camino: ver, codiciar, tomar.

  • Eva vio que el árbol era codiciable, y tomó (Génesis 3 6).
  • Acán lo dijo con sus propias palabras: «vi… codicié y tomé» (Josué 7 21).
  • David vio a la mujer de su prójimo, y terminó en adulterio, mentira y muerte.
  • Acab codició la viña de Nabot, y terminó en testigos falsos y asesinato. Nabot había respondido: «Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres» (1 Reyes 21 3).

La codicia no se queda en el corazón: tarde o temprano mueve la mano. Santiago lo dice claro: «Codiciáis, y no tenéis; matáis» (Santiago 4 2).

3. Por eso este mandamiento guarda a todos los demás. Quien cuida el cerco del corazón nunca llegará a correr el cerco del terreno. Los otros mandamientos detienen la mano; este detiene el deseo antes de que nazca la acción.

Nota para el predicador: muchos aprendieron el catecismo católico, donde este mandamiento aparece dividido en noveno («no desear la mujer del prójimo») y décimo («no codiciar los bienes ajenos»). Basta aclarar con sencillez que es otra forma de contar, y que en la Biblia aparece como un solo mandamiento al final de la lista.

1. La codicia es idolatría. Los diez mandamientos comienzan con «No tendrás dioses ajenos» y terminan con «No codiciarás». No es casualidad. Pablo une los dos extremos: «avaricia, que es idolatría» (Colosenses 3 5). Lo que codicio se vuelve mi dios, porque espero de eso la seguridad y la felicidad que solo Dios me puede dar.

2. La codicia es más antigua que el ser humano. La Biblia dice que el diablo cayó por soberbia (1 Timoteo 3 6). Los ángeles caídos «no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada» (Judas 6): no respetaron el lugar que Dios les había dado. Y en el huerto, la serpiente sembró en el ser humano esa misma ambición: «seréis como Dios» (Génesis 3 5). El primer cerco que se corrió en la historia no fue en la tierra sino en el cielo.

3. Conseguir lo codiciado puede ser un castigo. En el desierto Israel codició carne. «Y él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos» (Salmo 106 15). El lugar se llamó Kibrot-hataava, «tumbas de la codicia» (Números 11 34). Hay cosas que, si Dios nos las diera, nos destruirían.

Cuidado al predicar: Isaías 14 y Ezequiel 28 se usan mucho para hablar de la caída de Satanás, pero se dirigen primero a los reyes de Babilonia y de Tiro. Si se mencionan, presentarlos como lo que muchos creyentes ven en ellos, no como prueba directa.

1. La ley muestra la codicia, pero no la quita. Nadie deja de codiciar solo por apretar los dientes. Por eso Dios prometió algo más: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón» (Jeremías 31 33). Lo que la piedra de Sinaí no pudo hacer, lo hace Dios por dentro.

2. Un corazón vacío siempre mira al vecino; un corazón lleno de Dios descansa. El salmista confesó que tuvo envidia de los que prosperaban (Salmo 73 3). Salió de esa envidia cuando entró a la presencia de Dios y pudo decir: «fuera de ti nada deseo en la tierra» (Salmo 73 25). La codicia no se vence quitando el deseo, sino llenándolo con alguien mayor.

3. El contentamiento se aprende, y descansa en una promesa. Pablo dijo: «he aprendido a contentarme» (Filipenses 4 11). Y cuando dijo «Todo lo puedo en Cristo» (Filipenses 4 13), hablaba de poder vivir con poco o con mucho, no de conseguir lo que deseo. Hebreos da la razón: «contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13 5). Quien tiene a Dios no necesita la casa del prójimo.

4. Cristo hizo lo contrario. Satanás, siendo criatura, quiso ser como Dios. Adán quiso tomar lo que no era suyo. Cristo, siendo Dios, «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse» (Filipenses 2 6). Y «siendo rico, se hizo pobre» para enriquecernos (2 Corintios 8 9). Donde todos tomaron, Él dio. Por eso en Cristo tenemos la riqueza que hace innecesaria la codicia.

  • En el mercado. Ver que el puesto de al lado vende más, y desear que al otro le vaya mal. Eso ya no es solo codicia, es envidia.
  • En la colonia. La casa del vecino que ya construyó la segunda planta, el carro nuevo, la familia que recibe remesa. La comparación silenciosa que roba la paz.
  • En el teléfono. Las redes sociales son una vitrina de «la casa de tu prójimo» las veinticuatro horas.
  • En el dinero fácil. Las rifas, los esquemas que prometen ganancia rápida, las deudas para aparentar. Todas nacen del mismo deseo de tener ya lo que otro tiene.
  • En el matrimonio. «No codiciarás la mujer de tu prójimo» sigue siendo una advertencia viva. El adulterio comienza con una mirada que se queda (Mateo 5 28).

Un equilibrio necesario: contentarse no significa resignarse a la injusticia ni dejar de trabajar. Los profetas condenaron con fuerza a los poderosos que acaparan: «¡Ay de los que juntan casa a casa!» (Isaías 5 8). Dios no pide al pobre que deje de luchar; le pide que no ponga su confianza en lo que tiene el otro.

Pregunta para el oyente: ¿Qué es eso que miro y pienso «eso debería ser mío»? Ahí está el cerco que mi corazón ya está moviendo.

Volvamos al cerco del principio. El vecino que lo corrió en la noche no empezó con una pala. Empezó con una mirada que se quedó demasiado tiempo.

Dios puso el último mandamiento donde nadie lo ve, porque ahí es donde se decide todo lo demás. Y no nos dejó solos con esa ley. Nos dio a Cristo, que teniéndolo todo no se aferró a nada, y se hizo pobre para darnos su riqueza. Quien lo tiene a Él tiene suficiente.

Jesús lo dijo así: «la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12 15). Ese es el lindero que da vida.

Pregunta puente hacia «Plantado junto a aguas…»: Santiago dice: «Codiciáis, y no tenéis… porque no pedís» (Santiago 4 2). Si la codicia mira lo que tiene el vecino, la oración mira lo que tiene el Padre. Entonces, ¿qué cambiaría si cada vez que mi corazón empieza a codiciar, lo convierto en una petición a Dios?