
UNA DEFINICION DE PECADO, ¿COMO DEBEMOS COMPRENDER SU SIGNIFICADO?
- A. “Cualquier falta de conformidad a o transgresión de cualquier ley de Dios, dada como una regla a criaturas razonables.” 1ª Juan 3:4; Gálatas 3:10-12 (Diccionario Bíblico de Davis).
- B. Del DICCIONARIO BIBLICO DE ZONDERVAN:
- 1. Las palabras hebreas primarias son:
“resha” – que significa transgresión e impiedad.
“ra” – que quiere decir de disposición mala. - 2. Las palabras primarias griegas o del Nuevo Testamento para pecado son:
“hamartía” – que significa no dar en el blanco.
“ponería” – que significa depravación.
“adikis” – que significa injusticia.
- 1. Las palabras hebreas primarias son:
- C. Es difícil mejorar el resumen del significado de pecado encontrado en la Biblia con notas de Scofield:
“El pecado es:- 1. Transgresión – Salmos 51:1; Romanos 3:23
- 2. Iniquidad – Un hecho inherentemente malo sea prohibido o no, Romanos 1:21-23.
- 3. Error – Que se aparta de lo recto – Romanos 1:18; 1ª Juan 3:4.
- 4. No dar en el blanco – falta de alcanzar las normas de Dios, Romanos 3:23.
- 5. Delitos – la introducción de la voluntad propia en la esfera de la autoridad Divina, Efesios 2:1.
- 6. Sin ley – anarquía espiritual, 1ª Timoteo 1:9.
- 7. Incredulidad – Un insulto a la veracidad Divina, Juan 16:9.
- D. Una definición personal:
Los pecados de los inconversos son hechos de rebelión contra Dios que proceden de una naturaleza que está en un estado de muerte espiritual. Los pecados de los creyentes son hechos de desobediencia contra la voluntad de Dios que resultan de la falta de andar en el Espíritu, Gálatas 5:16; cada dia muero, 1ª Corintios 15:31; y la falta de considerar muerta la naturaleza vieja, Romanos 6:11.
4 verdades en la cruz:
- Dios,
- el Hombre,
- el problema del perdón, y
- la identidad de Cristo.
Primero, para entender la cruz, debemos comprender quién es Dios como nuestro Dios trino,
Si nuestra visión o entendimiento de Dios es incorrecta, nunca entenderemos el porqué de la cruz. Desde los primeros versículos de las Escrituras, se presenta a Dios como eterno, independiente, amor santo, justo y bueno; como el Dios trino que está completo en Sí mismo y que no necesita nada de nosotros (Gn 1-2; Sal 50:12-14; Is 6:1-3; Hch 17:24-25; Ap 4:8-11). Una implicación esencial de esta descripción es que Dios, por naturaleza, es el estándar moral. Por eso la ley de Dios no es externa a Él y tampoco puede suavizarla arbitrariamente. En cambio, el Dios trino es la ley; Su voluntad y Su naturaleza determinan lo que está bien y lo que está mal.
Esta visión de Dios es fundamental para entender el porqué de la expiación, pero a menudo no se toma en cuenta en las discusiones sobre la cruz. Hoy en día, muchos argumentan, siguiendo la «nueva perspectiva de Pablo», que la justicia/rectitud de Dios solo se refiere a «la fidelidad de Dios a Su pacto», es decir, que Dios permanece fiel a Sus promesas. Sin duda este concepto es cierto, pero lo que este punto de vista no considera es que la «rectitud-justicia-santidad» está primero ligada a la naturaleza de Dios mismo. Por eso, a la luz del pecado, Dios, que es la ley, no puede pasar por alto nuestro pecado.
La justicia santa de Dios exige que no solo castigue todos los pecados, sino que también, si en Su gracia elige justificar a los impíos (Ro 4:5), debe hacerlo satisfaciendo plenamente Su propia moral, santa y justa. Por lo tanto, ante nuestro pecado y la decisión de Dios de mostrar gracia para redimirnos, la pregunta que surge a lo largo de la historia redentora es: ¿Cómo puede Dios demostrar Su santa justicia y Su amor de pacto y, al mismo tiempo, permanecer fiel a Sí mismo? La respuesta solo se encuentra en el don del Padre: la vida obediente y la muerte sustitutoria de Su Hijo Jesús, que tiene como resultado nuestra justificación ante Dios en Cristo (ver Ro 3:21-26).
Segundo, para entender la cruz, debemos comprender quiénes son los seres humanos como imagen/hijos de Dios creados para tener una relación de pacto con Dios.
En concreto, debemos saber quién es Adán, no solo como persona histórica, sino también como representante de la raza humana con respecto al pacto (Ro 5:12-21; 1 Co 15:21-22). ¿Por qué esto es significativo? Porque en la creación, Dios establece las condiciones del pacto y exige a Adán (y a todos nosotros) confianza, amor y obediencia totales (Gn 2:15-17). Pero la otra cara de la moneda también es cierta: si hay desobediencia al pacto, dado quién es Dios, también hay un juicio contra nuestro pecado que tiene como resultado un castigo: la muerte física y espiritual (Ro 6:23).
Tercero, para entender la cruz, debemos comprender el grave problema de nuestro pecado ante Dios.
Lamentablemente, Adán no amó a Dios con plena devoción al pacto. Desobedeció a Dios, y así trajo el pecado y la muerte al mundo. A partir de Génesis 3, «en Adán» todas las personas ahora son culpables, corruptas y están bajo la sentencia judicial de muerte (Gn 3; Ro 5:12-21; Ef 2:1-3). Si Dios va a redimir, cosa que por Su bondad prometió hacer (Gn 3:15), ¿cómo lo hará? Teniendo en cuenta quién es Dios en toda Su perfección moral, ¿cómo puede declarar justificados a los pecadores sin la plena satisfacción de Su demanda moral? Dios debe castigar el pecado y ejecutar una justicia perfecta porque es santo, justo y bueno. No puede pasar por alto nuestro pecado ni suavizar las exigencias de Su justicia; a decir verdad, ¡qué bueno que es así! Para justificarnos, nuestro pecado debe ser expiado en su totalidad. Así pues, ¿cómo puede Dios castigar nuestro pecado, satisfacer Su propia demanda de justicia y justificar a los pecadores?
Añade a este punto lo siguiente: para deshacer, revertir y pagar el pecado de Adán, necesitamos a alguien que provenga de la raza humana y se identifique con nosotros (Gn 3:15), lleve a cabo por nosotros la obediencia exigida por el pacto y pague la pena de nuestro pecado. Necesitamos a alguien que se convierta en nuestro representante y sustituto con respecto al pacto, y que mediante Su obediencia en vida y muerte asegure nuestra justificación ante Dios. Por fortuna, las Escrituras hacen el anuncio glorioso de que hay un hombre —y solo uno— que puede hacer esto por nosotros, nuestro Señor Jesucristo (ver Heb 2:5-18).
Cuarto, para entender la cruz, también debemos comprender quién es Jesús.
En las Escrituras, Jesús no es un simple humano, sino Dios Hijo encarnado, la segunda Persona de la Trinidad. No es una tercera parte ajena a Dios. No podemos pensar en Su obra expiatoria sin tomar en cuenta que el Dios trino en Su totalidad está llevando a cabo nuestra salvación. Además, como Hijo eterno, amado de manera infinita por Su Padre y por el Espíritu, según el plan de Dios, asumió de manera voluntaria el papel de convertirse en nuestro Redentor. Por otro lado, en Su encarnación, se identificó con nosotros para representarnos ante Dios (Heb 5:1). En Su vida humana obediente, como último Adán y mediador del nuevo pacto, Jesús obedeció por nosotros. En Su muerte obediente, como Hijo divino, satisfizo Su propia demanda justa contra nosotros como sacrificio por nuestro pecado (Ro 5:18-19; Fil 2:6-11; Heb 5:1-10).
Estas verdades fundamentales son cruciales para situar la cruz en su contexto bíblico-teológico apropiado y, desde luego, el lenguaje de la cruz debe situarse dentro de este marco general.